viernes, 27 de abril de 2012

Risa

¿Cómo fue que tus ojos negros me seducieron?
¿Cómo sucedió que comencé
a recordar tu voz por las noches,
repasar tu rostro entero,
tus cejas y tus ojos,
tu nariz y tu boca
tus dientes y tu sonrisa?

Me encuentro a mí misma
cantando canciones de amor a viva voz
mientras pienso en tu nombre
e imagino tu voz al unísono junto a la mía.

Y al percatarme de ello,
comienzo a cuestionarme
pero no hay nada que cuestionar
mi risa incrédula lo confirma todo.

Mi risa y mi sonrisa siempre confirman todo.
Aparecen en el momento menos indicado.
Ponen en evidencia mi nerviosismo
Y mi descaro al observarte.

Mi sonrisa me dijo que me enamoré de ti
¿Podrá mi sonrisa decirte la próxima vez
que si río cuando me miras,
es porque en realidad te amo?


Quiero

Quiero que me abraces fuerte, 
que rodees mi espalda con tus brazos, 
que acaricies mi cabello con tus manos, 
y que tus dedos se pierdan entre ellos. 


Quiero que mi corazón sienta como late el tuyo, 
que sientas mi impaciencia en la torpeza, 
mi nerviosismo en el rubor de mis mejillas
y mis deseos en los susurros que escapan de mi boca.


Quiero separarme de ti un instante
mirarte a los ojos un par de segundos
bajar hasta tus labios y besarte unos cuantos minutos
y sentirte en mí una eternidad.


Quiero estar contigo.



Ausencia

No te puedo ver, no estás aquí.
 Aunque siento tu respiración sé que no estás aquí,
que estás en otra parte, en otra ciudad, en otro país,
en otro mundo, recavando en tus recuerdos para no sentirte tan miserable. 
Siento tu respiración, pero no siento que vives,
sólo estás funcionando, aparentando vivir aquí,
pero, ¿de qué te sirve aparentar vivir aquí, si no estás aquí?
¿Si no te encuentras en el lugar que deberías estar?
No me sirve de nada tenerte sentado al borde de mi cama,
recibiendo tus miradas vacías de cuando en cuando,
si en realidad no me ves a mí.
 Me sentiría menos sola si tu cuerpo no estuviera en mi habitación.
Tu ausencia es tan absorbente, que podría apagarme también
.
¿Qué te sucede hoy?
Siempre tuve claro que eras alguien bastante introvertido,
que no todo lo verbaliza, pero en esta oportunidad,
más que en las últimas veces, siento que no te conozco.
No hablas, no me miras, piensas en quien sabe qué.
Me siento incómoda, no sé cómo hacer que me hables.
Yo también comparto silencios, también he permanecido muda
y durante mucho rato, pero yo te miro, te sonrío.
Tu pareces estar aquí por obligación, sin ninguna intención de por medio. 
Me siento avergonzada, parece el final, pero no lo quiero.

Una vez más me miras,
yo estoy a punto de llorar, apartas la vista.
De seguro la cobardía te invadió aún más,
y no te atreves ni a romper con el silencio,
ni con ese hilo invisible que creía que nos unía.
Decidí esperar dos minutos para ser yo quien abra la boca.
Un minuto, minuto diez. 90 segundos...
98, 99, 100, y no pasa nada. Me arrepiento,
y quiero aumentar la cantidad a cinco. El segundo 300 se ve lejano,
 podría llegar tarde, pero los números van fluyendo a borbotones.

Tres minutos, y ya no soporto seguir contando,
tragué saliva, iba a hablar, pero no pude.
Mi lengua estaba adormecida, y mis ojos inundados.
Creo que el mundo se detuvo. Olvidé el día y la hora, y que respiraba.
Vi todo acabado, y con ello,
sentí que algo en mí también se había acabado, y no sé bien por qué,
no había comprometido demasiado en ese hilo invisible,
o eso creí al menos.

Te miro para saber si sientes lo mismo, pero no.
Estás ausente y da la impresión que no sientes nada.
Después de haberte observado quizás por horas,
decido apartar la vista, ya había colapsado ante tu presencia.
Al instante después, volteas tu cara y miras mis ojos
inundados de unas retenidas lágrimas.
Abres la boca y siento como todo tu ser se va nutriendo de vida.
Veo como partículas invisibles se van adentrando en tu piel,
en tus ojos, en tu rostro, y pareces una persona distinta.
Los ojos te brillan, y  tu respiración evidencia que vives.

No entiendo nada.
Tengo miedo, porque sonríes
y yo estoy a punto de soltar un sollozo.
Siento que fuera una pesadilla,
o una broma pesada.
Y hablas:
-Te quiero

Tuve que pensar horas que tenías coma mental,
que eras un cobarde,
que me ignorabas,
que no te importaba,
que eras un ser de otro planeta,
para escuchar por primera vez que me querías.
La verdad no sé si quiero escuchar que me amas.
La verdad es que sí, pero no estoy ansiosa.