Anoche soñé contigo. Estábamos tú y yo y un par de personas más que no logro recordar. Ellos se iban y quedábamos solo nosotros dos.
No sé quién fue predeciblemente más torpe esta vez, porque tanto tú como yo lo somos.
A ti te encanta tirar el lápiz al suelo, parece una manía. Disfrutas de tus dedos inquietos, de tus manos escurridizas que te ponen a prueba, que te dan en el gusto de dejarlos caer al suelo. Me pregunto si lo hacen para auxiliar en el suicidio de los lápices, que están condenados a servir a la comunidad académica hasta dejar en los pizarrones hasta la última gota de su sangre.
Y a mí me encanta botar lápices, papeles, golpear con más intensidad que la intención, recortar más allá de la línea punteada, escribir mi nombre de manera distinta cincuenta veces al día sin que me lo proponga; escribir jeroglíficos cuando tomo apuntes o debo hacer resúmenes, bordear mis cuadernos de arte abstracta, botar granitos de arroz fuera del plato...
A ti te encanta tirar el lápiz al suelo, parece una manía. Disfrutas de tus dedos inquietos, de tus manos escurridizas que te ponen a prueba, que te dan en el gusto de dejarlos caer al suelo. Me pregunto si lo hacen para auxiliar en el suicidio de los lápices, que están condenados a servir a la comunidad académica hasta dejar en los pizarrones hasta la última gota de su sangre.
Y a mí me encanta botar lápices, papeles, golpear con más intensidad que la intención, recortar más allá de la línea punteada, escribir mi nombre de manera distinta cincuenta veces al día sin que me lo proponga; escribir jeroglíficos cuando tomo apuntes o debo hacer resúmenes, bordear mis cuadernos de arte abstracta, botar granitos de arroz fuera del plato...
No sé quién fue más torpe esta vez, pero recuerdo un abrigo tirado en el suelo, y recuerdo que tú y yo nos acercamos a recogerlo, y empezamos a hablar. Y yo hablaba y hablaba, torpemente nerviosa. Y tú me escuchabas tranquilo, porque la que hablaba era yo, por lo que la torpeza recaía en mí. Y de pronto me miraste intensamente y pediste que repitiera lo que acabara de decir. Y por dios que trato de recordar aquella frase, pero no puedo. No recuerdo qué me pediste que repitiera, quizás una opinión, un comentario trivial o alguna pregunta. Pero sí recuerdo que te dije que lo haría, que lo repetiría, pero que además te diría otra cosa. Esa otra cosa que creo que jamás te la alcancé a decir. No sé si habría cambiado las cosas en mi sueño. Y te obedecí, nerviosa. Repetí lo que pediste que repitiera, y de pronto te acercaste a mi y me besaste. Pero no me besaste una vez. Y no me besaste larga e intensamente. No.
Te acercaste a mí y me besaste como si fueras un niño, como si estuvieras impaciente y como si quisieras que nadie más nos viera. Me besaste tres veces de manera escueta pero tierna. Y esos tres besos se sintieron en mi estómago como si me hubieras besado horas. Tres veces tuve tus labios sobre los míos. Tres aletazos consecutivos y violentos de una mariposa en mi interior. Mi corazón iba a estallar.
Luego que me besaste, te quedaste mirándome, y fue en ese momento que agradecí no haberte dicho lo que te tenía que decir. Aquella era la oportunidad precisa de hacerte real jusitica, en ese momento en que te quedaste observándome sonriente,con tus mejillas sonrojadas, tus pómulos ocultando tus ojos cafés, y tu boca luciendo tus dientes de conejo, con el aspecto de un niño que los enseña con orgullo a los tíos de de visita. Parecías un niño.
Eres tan tierno. Aún muero por decírtelo. Debes saberlo, gozas de tu ternura. Pero creo que yo la gozo más.